Hablando en serio, si se puede hacer que el pago por intermediación funcione, a nivel técnico nunca ha sido un problema. La verdadera traba está aquí: ¿cómo puede la gente común sentirse segura al entregar su dinero a un programa para que lo gaste? Esa inseguridad innata, "el dinero debe estar en mis manos", es el mayor obstáculo. Por lo tanto, el verdadero desafío que debe superar el producto no es hacer que los usuarios entiendan esta lógica, sino si en el momento crucial se atreverán a actuar. ¿Cómo hacer que la gente se atreva? No se trata de un documento explicativo extenso, sino de diseñar cada paso de la operación correctamente, descomponiendo este miedo en varios pequeños movimientos que sean visibles, reversibles y predecibles.
El primer punto es muy claro: nunca debes preguntar a los usuarios por "gestión total" desde el principio. La primera vez debe ser "autorización condicional" y esta condición debe ser visible y tangible. No escribas en la interfaz algo como "autorización para gestionar fondos", usa otra formulación: es como dar a los empleados un dinero de bolsillo: cuántos hay en un sobre, para qué se puede usar, y cuánto tiempo es válido. Por ejemplo, cuando un usuario crea una billetera de agente, no te apresures a preguntar "¿quieres activar el pago automático?", primero deja que elija una transacción real: como contratar un servicio de datos, recargar una cuenta publicitaria, o reservar un viaje de negocios. Porque la autorización vaga asusta más fácilmente, mientras que una necesidad concreta le da seguridad. Si los usuarios pueden imaginar los límites y el uso de ese dinero, la sensación de miedo disminuirá.
El primer paso en la interacción de la interfaz es concretar lo que "el agente puede hacer" en tres módulos operativos: cuánto se puede gastar como máximo, a qué lugar se puede gastar y cuánto tiempo es válida esta autorización. En cuanto al monto, no debe ser solo un cuadro de entrada; lo mejor es hacerlo como una barra de límite visual, estableciendo un valor inicial conservador, y cuando el usuario lo arrastre hacia arriba, debe haber una percepción clara: cuanto más gaste, más prominente será la advertencia de riesgo.
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Hablando en serio, si se puede hacer que el pago por intermediación funcione, a nivel técnico nunca ha sido un problema. La verdadera traba está aquí: ¿cómo puede la gente común sentirse segura al entregar su dinero a un programa para que lo gaste? Esa inseguridad innata, "el dinero debe estar en mis manos", es el mayor obstáculo. Por lo tanto, el verdadero desafío que debe superar el producto no es hacer que los usuarios entiendan esta lógica, sino si en el momento crucial se atreverán a actuar. ¿Cómo hacer que la gente se atreva? No se trata de un documento explicativo extenso, sino de diseñar cada paso de la operación correctamente, descomponiendo este miedo en varios pequeños movimientos que sean visibles, reversibles y predecibles.
El primer punto es muy claro: nunca debes preguntar a los usuarios por "gestión total" desde el principio. La primera vez debe ser "autorización condicional" y esta condición debe ser visible y tangible. No escribas en la interfaz algo como "autorización para gestionar fondos", usa otra formulación: es como dar a los empleados un dinero de bolsillo: cuántos hay en un sobre, para qué se puede usar, y cuánto tiempo es válido. Por ejemplo, cuando un usuario crea una billetera de agente, no te apresures a preguntar "¿quieres activar el pago automático?", primero deja que elija una transacción real: como contratar un servicio de datos, recargar una cuenta publicitaria, o reservar un viaje de negocios. Porque la autorización vaga asusta más fácilmente, mientras que una necesidad concreta le da seguridad. Si los usuarios pueden imaginar los límites y el uso de ese dinero, la sensación de miedo disminuirá.
El primer paso en la interacción de la interfaz es concretar lo que "el agente puede hacer" en tres módulos operativos: cuánto se puede gastar como máximo, a qué lugar se puede gastar y cuánto tiempo es válida esta autorización. En cuanto al monto, no debe ser solo un cuadro de entrada; lo mejor es hacerlo como una barra de límite visual, estableciendo un valor inicial conservador, y cuando el usuario lo arrastre hacia arriba, debe haber una percepción clara: cuanto más gaste, más prominente será la advertencia de riesgo.