Cuán fuerte es el deseo de ganar dinero,


la velocidad de perder dinero es igualmente sorprendente.
Una vez que el deseo se descontrola,
los ojos están llenos de oportunidades,
pero en realidad son trampas.
Cuanto más te apresuras, más te vuelves obstinado,
más fácil es que la codicia nuble tus ojos.
Operas de manera impulsiva basándote en juicios subjetivos,
y cuando te concentras en la ejecución,
el dinero es solo un subproducto.
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